Mendiel

Compartiendo escritos sin osar llamarme escritora.

Noticias y comentarios personales

Espejito, Espejito

Escrito por Mendiel 25-03-2015 en terror. Comentarios (2)

«Espejito, espejito ¿Quien es la más hermosa del reino?» escucha una vez más desde la celda donde la tienen encerrada tiempo atrás. La acompañan, una joven que solo duerme desde que la trajeron y otra con un cabello larguísimo que arrastra por el piso al caminar.

Afuera, aquella no se cansa de preguntarle al dañado espejo por su belleza. La magia del espejo no se perdió a pesar que esos horribles enanos irrumpieron como una banda de delincuentes al castillo y destrozaron casi todo.

Uno de los asquerosos enanos entra a darles el repugnante  alimento. Una vez más, las manosea lujurioso antes de dejarle los platos en el piso. Se ensaña con la pelilarga, toca su cuerpo de la forma más vil y le susurra metiéndole la lengua al oido: «Han pagado muy bien por ti, es tu última noche aquí, vendremos los siete a darte tu despedida» le dice lascivo y se va cerrando la puerta tras él.

Una vez más, está llegando la hora de la sangrienta ceremonia diaria, su rostro ya no tiene una sola parte sin una herida abierta o una cicatriz purulenta, su cuerpo es el que paga la venganza por haber sido bella, ahora es un monstruo irreconocible. No pensaba que una mujer fuese capaz de tal sadismo.

Aquella entró con su hermosa sonrisa de labios rojos y hermosos dientes como perlas, dos mediohombres entraron también para agarrarla e inmovilizarla.

«A ver alteza» dijo riendo sarcástica con su voz cantarina: «¿Qué parte de tu cuerpo me falta por cortar? tu rostro ya esta deshecho» levantó el arma que brillaba por momentos cuando la movía «Y pensar que lo que ahora te corta es un pedazo del espejo que antes tanto amabas, ¡aquel que te ayudo a encontrarme y con el cual planeaste matarme con una estúpida manzana! ¿Creíste que era tan imbécil para caer en ese truco?» dijo con fiereza antes de asestarle un nuevo corte, esta vez sobre el seno izquierdo, su piel se abrió en un surco sanguinolento por el cual brotaba el liquido carmesí que mojaba sus pobres vestimentas. El dolor la hizo doblarse hacia adelante, lo cual la malvada aprovechó para hacerle otro profundo corte en la espalda. Cayó al piso sin fuerza por los cortes que se unían a las heridas ya infectadas.

Aquella se marchó seguida por sus compinches con las risotadas más crueles. La princesa del pelo largo la socorrió llena de lágrimas:«¡Ay de nosotras, nuestro destino es sufrir hasta nuestro día final, tú por ese juego sanguinario y yo en manos de los mas pervertidos hombres de reinos lejanos». Se abrazaron llenas de desesperanza, cuando la ex reina vio un reflejo en el piso, su verduga la había cortado con tanta fuerza que rompió un pedazo del espejo que yacía a unos metros de las desdichadas. Ambas se miraron, era tanta su desesperación que no lo pensaron.

En la noche los siete enanos llegaron para "despedir" a la hermosa princesa, todo estaba a oscuras, solo ellos alumbraban con sus antorchas. Entraron al calabozo sintiendo que sus zapatos se pegaban al piso como en una miel seca y algo se movía en las sombras muy lentamente. Acercaron una antorcha al centro de la mazmorra. La joven estaba muerta sobre un charco de sangre que hubo salido de sus muñecas cortadas, ya no tenía su larguísimo cabello con ella. Éste colgaba en forma de trenza amarrado a una viga del techo del cual colgaba el cuerpo, ya sin vida, de la antes hermosa reina, torturada por la niña blanca como la nieve y cabello negro como ébano.


Ánimas Benditas

Escrito por Mendiel 02-02-2015 en terror. Comentarios (1)

Una vez más los golpes en el armario. Como cada noche me despierta el golpeteo de la puerta de madera del pequeño ropero donde guardo las pocas ropas que poseo. Entreabro los ojos y me cubro con la almohada la cabeza, posiblemente así ya no los escuche.....Y siguen.

Me levanto a abrir las puertas y veo mi ropa colgada, las dejo así, tal vez se calmen. Me acuesto nuevamente. La luz nocturna, de los faroles de aceite de la calle, proyecta, en la pared, sombras bailarinas que son producidas por mis camisas colgadas. El húmedo frío de Lima me impide dormir como cómplice del incesante tocar de mi armario.

Me niego a escuchar los consejos de mi madre:

»Son las ánimas del purgatorio hijo, quieren que reces por ellas, te han escogido para que ores en su nombre, ¡ayúdalas!»

Desde niño esos golpes en cajas, armarios y cualquier mueble de madera me habían despertado a medianoche, no dejaban dormir a nadie y mi madre había intentado rezar por ellas para que se calmen pero ella no era la llamada para tal acción.

Como todo buen limeño, tradicional y católico, yo sabía que las ánimas del purgatorio estaban condenadas a vagar en este sitio de paso, entre el paraíso y el infierno, pues necesitaban de la oración para que el buen San Pedro les abriera las puertas de la eterna gloria. El pequeño impase era que los rezos de los difuntos, ya en este estado espectral, no eran efectivos y necesitaban a los vivos solicitándoles que oren más por ellos. Yo, bendito entre los benditos, según mi madre, era uno de los iluminados para rezar por las huesudas almas.

Ciertamente, ella, devota hasta el tuétano, me levantaba de un grito apenas el golpeteo comenzaba.

»Dieguito va por la Novena para las almitas, levántese pillo que así también se gana un lugar junto a nuestro Señor por salvar muchos pecadores para él y ya a su lado hace un lugarcito para la familia hijito»

Y de rodillas al lado de mi cama con mi madre como acompañante y verdugo nocturno comenzaba yo el rezo:

»Oh María, madre de misericordia, acuérdate de los hijos que tienes en el purgatorio, y presentando nuestros sufragios y tus méritos a tu hijo, intercede para que los perdone de sus deudas..................»

Terminado el rezo, el silencio reinaba y podíamos volver a la cama en paz.

Ya en la adolescencia las almitas me dejaron libre de sus golpes y correteos, mi madre escandalizada me dio buenos latigazos acusándome de haber hecho alguna diablura o haber tenido pensamientos o, Dios nos libre, acciones impuras y que por ese motivo las almas me habían retirado sus favores. Yo, por el contrario, bendecía cada noche que podía dormir completa y a pata tiesa, como dicen por aquí.

Unos años duró esta bienaventuranza, hace poco más de una semana comenzó el golpeteo fantasmal, nuevamente, a taladrar mi joven sien. Me negaba, como ya he referido, a continuar con las costumbres de mi madre y sus creencias cucufatas. Había dormido pocas horas los últimos días y mis ojos estaban tan rojos que cualquiera diría que mis iris flotaban en un minúsculo mar de sangre. Mi piel empalidecida por la falta de sueño y mi figura, antes delgada pero firme, ahora lucía desgarbada y sin ánimo. Mirándome al espejo me decía que parecía estar transformándome en uno de mis cadavéricos flagelos.

Anocheció la novena noche de mi martirio y decidido estaba a aburrir a los muertitos no haciéndoles caso, ya se irían a buscar algún otro mojigato que rece por ellos. Un poco de cera en los oídos me ayudaría a no escuchar sus molestos golpazos.

Llegaron las doce, hora de las ánimas benditas, listo estaba a que comenzaran las llamadas, sentado en la silla mecedora que crujía con cada movimiento, miraba mi armario a la espera de los golpes. La noche se puso más fría y más oscura, las sombras se movían a mi alrededor, el campanario de la catedral cantaba las horas retumbando sus campanas que resonaban en mi habitación precariamente iluminada por mi única lamparita de keroseno. Una copa de vino ayudo a calentar mi cuerpo, el mecer de mi asiento comenzó a acunarme, no me di cuenta de en que momento mi conciencia se perdió en los dulces brazos de Morfeo.

Dormí por unas horas, me levante sobresaltado, tocaban a mi puerta, las tres de la mañana sonaron en el tañido de las campanas de la Iglesia de San Agustín muy cerca a mi pequeño cuarto. Me levanté de mi asiento con pesar, estiré mi cuerpo resentido por haberlo dejado dormir sentado y caminé lento hacia la puerta preguntándome quien se atrevería a buscarme a esa hora y especialmente, por qué.

Abrí la puerta dispuesto a increparle al atrevido y quedé horrorizado ante la visión que se me presentaba, mi piel se erizó de pies a cabeza, mi cuerpo se negaba a moverse de su lugar a pesar de su temblor, mis dientes comenzaron a golpearse unos contra otros incontrolablemente y mis ojos se abrieron casi saliéndose de sus órbitas.

Un frío gélido invadió mi cuerpo que solo atinó a responder con una leve inclinación de cabeza a cada saludo que se me ofrecía de parte de los miembros de la procesión que pasaba por mi puerta.

Todos vestidos de frailes, cubrían parte de su rostro con una capucha que era parte de sus hábitos y llevaban en sus manos cirios encendidos que le daban a la procesión un aura sobrenatural. Este hecho no hubiera sido raro en una ciudad tan católica como Lima, si no hubiera sido porque la procesión se movía levitando sobre el piso de piedra, los pies de los frailes no existían y sus rostros eran sendos cráneos con huecas órbitas por ojos.

Cada uno, al pasar, apagaba y me entregaba el cirio que llevaba consigo susurrándome con voz de ultratumba:

»Hermanito, por favor, guárdeme la velita por esta noche, la pasaré a recoger mañana»

Incapaz de negarme a su pedido, tomé cada cirio y los fui acomodando en mi cuarto hasta que el último de los devotos se hubo alejado de mi morada, perdiéndose entre las brumosas calles que lucían solitarias a esa hora.

Cerré mi puerta lanzándome a la cama y cubriéndome hasta el rostro como si mi pobre sabana fuera el manto sagrado de nuestro señor Jesucristo, no hube cerrado mis ojos hasta que, por cansancio, mi cuerpo cayó dormido.

La mañana siguiente me trajo una macabra sorpresa. Me levanté sin saber si todo lo acontecido durante la noche había sido producto de mi imaginación y de mi conciencia, por no haber cedido ante las demandas de oración de las pobres almas en pena.

Giré la cabeza hacia el lugar donde había acomodado los cirios pero ya no estaban ahí, en lugar de las gruesas velas se encontraba un montoncillo de canillas, me acerqué restregándome los ojos, por si los estragos de la mala noche no me dejaran ver con claridad, sólo para confirmar que si se trataba de los largos huesos. Toqué uno de ellos apenas rozándolo con el dedo, cuando al levantar la vista vi, con horror, mi cuarto convertido en un camposanto u osario.

De un brinco llegué a la puerta, mi corazón, como un loco, cabalgaba en mi pecho mientras corría hacia la iglesia cercana.

Al llegar al santo lugar toqué el portón desesperado sabiendo que volvería a tener la espeluznante visita por la noche, tal cual me dijeron las ánimas, para recoger sus cirios que se convirtieron en huesos.

Fray Gomes, un sacerdote que gozaba fama de santidad, abrió la puerta y que cara habré tenido que expresó:

»¿Hijo mío, que forma de tocar es esa en la casa del Señor y porque esa cara tan pálida? ¡Parece que hubiera visto usted al mismo Don Sata con todo y patas de chivo!!!»

Seguí al buen varón a la sacristía y le conté con detalles toda mi penosa historia de como las ánimas se me habían presentado en procesión por no haberles rezado y mi temor por su futura visita preguntándole que hacer para que no me lleven con ellas. El sacerdote se rascó el mentón caminando de un lado a otro, el hábito oscuro se movía a su compás y sus sandalias de burdo cuero se dejaban ver por momentos. Finalmente, se detuvo y mirándome de frente me dio la respuesta calmadamente. Agradecido, bese su mano y regrese a mi aposento ya con las primeras horas de luz.

Esa noche preparé todo tal cual me dijo Fray Gomes y me dispuse a esperar la fantasmal procesión. Llegó la medianoche y mi puerta fue golpeada. Ya listo, con una gran capa cubriendo por completo mi vestidura, abrí la puerta encontrándome con las cadavéricas presencias que se acercaban amenazantes dispuestas a llevarme por mi rebeldía y desobediencia.

Pidióme su canilla la primera de las ánimas acercando su cadavérica mano a mí, cuando comencé a ejecutar el ardid que el buen cura me había dado.

Debajo de la amplia capa cargaba yo un bebe recién nacido al cual pellizqué haciéndolo llorar mientras entregaba su canilla a la susodicha alma, retrocediendo ésta al escuchar el llanto del mamón luego de tomar su hueso, convirtiéndose éste en cirio nuevamente, al ser recibido por su dueño.  Así desfilaron ante mí toda la procesión de las ánimas benditas recuperando sus huesos al compás del llanto del neonato. Al entregar el último hueso, toda la procesión se retiró no sin antes mirarme por última vez con cierto recelo por no haber podido llevarme con ellos gracias al querubín escondido entre mis ropas que evitó que me levantaran, con todo y mis pecados, pues ahora sé que las almas del purgatorio no pueden tocar seres tan inocentes como ese pequeño crío.

Vale decir que hasta el día de hoy los paseanderos espíritus no han vuelto a perturbar mis noches.

Y como es mejor decir, aquí corrió que aquí quedo, me disculparan, pues tengo que ir a empacar mis pocas ropas para mudarme a otro cuartucho antes de que mis queridas almitas del purgatorio se acuerden de éste pecador y sus útiles oraciones.


Siete

Escrito por Mendiel 31-01-2015 en terror. Comentarios (0)

Sentado mirando la pared de mis más profundos recuerdos, examino los dibujos que cuelgan de los ganchos de madera en la cuerda que mi madre ha puesto en mi cuarto. Un dinosaurio, un jaguar, una ventana rota, la imaginación de un niño no tiene fin.

El gato llama mi atención, sentado en la ventana lame su pata pasándola luego por su cabeza, es negro como el ébano y sus ojos verdes hacen notar la astucia que tienen todos los felinos. Me mira fijamente al notar que lo observo:

» Que me miras niño? Tomo mi baño matinal, prrr, mira hacia otro lado, me incomodas»

Siete es así, huraño y cascarrabias, está conmigo desde que tengo memoria, siempre acompañándome, dándome ideas, pero normalmente criticándome. A veces no me gusta y me da miedo, quiere que me dañe o dañe a alguien más.

Vino mi primo a visitarme, tiene dos meses, no hace más que mirar a todos y mover sus manos y pies en el aire, todos están locos por él, huele bien y es muy suave. Siete dice que si cayera de algún lugar alto no pasara nada, que los bebes son como pelotas saltarinas, me reta a probarlo.

Al fin se durmió, lo dejaron en cama de mis padres, Siete me persigue para ver si me atrevo, no quiero tocarlo pero él me insiste y me araña los brazos, me duele. Siete sigue insistiendo, ahora va contra mi rostro.

»Está bien gato veremos como rebota»

Me acerco a la cama y empujo al bebe hacia el borde, mi primo hace ruiditos y burbujitas con saliva, me detengo, Siete me mira:

»¡ya hazlo Dieguito!» el brillo de sus ojos hace que parezca que sonríe.

Doy el último empujón, no rebotó, un hilo de sangre sale de su nariz antes de que comience a llorar, lo jalo de los piecitos arrastrándolo hacia la escalera, creo que sería lo suficientemente alto para que Siete dejara de molestarme, volteé y me fije que dejaba un caminito de sangre por donde arrastraba al nene. Los grandes corrieron presurosos y levantaron al bebe gritando, mi mama me mira molesta y asustada, mi padre me toma del brazo sacudiéndome y lloroso le explico que Siete me obligó enseñándole los profundos arañazos en mis brazos y cara. Papa me toma de los dos brazos ahora, sigue sacudiéndome mientras me muestra mis propias manos con las uñas ensangrentadas. No sé porque ellos no pueden ver a Siete, no lo oyen, no ven como nos mira a todos sentado en la ventana. El gato mueve su cola, da vueltas sobre si mismo y se echa a dormir. Me voy de la habitación con mis padres que me llevan a mi dormitorio y me dejan ahí cerrando la puerta, oigo a mi mamá llorar mientras se aleja. Siete ya no está, me echo en mi cama mirando al techo.

» Tus papas siempre van a echarte la culpa de todo, los haces sufrir, mira como tu mamá llora por tu culpa, sería mejor si desaparecieras, si fueras un ángel los cuidarías desde el cielo, si sales por la ventana.......» - miro a Viernes echado a mi lado, es un niño como yo- »me caeré, está muy alto» - le replico - »no Dieguito, Dios te tomara en brazos y te llevara al cielo a ser un angelito para que cuides a tus padres» - me sonríe -» es verdad »- musito levantándome y caminando hacia la ventana que me muestra el velo de la noche cayendo mientras la brisa nocturna ondea las cortinas azules con autitos de colores.


Vampiro

Escrito por Mendiel 31-01-2015 en terror. Comentarios (0)

Por las calles empedradas

Muy paciente yo te sigo

Tu cuello blanco me llama

Y la vida yo te quito.


En la noche solitaria

Cuando la muerte va alada

Mi camino yo comienzo

Por las calles empedradas.


Apareces frente a mí

Y coqueteas conmigo

Tu belleza resplandece

Muy paciente yo te sigo.


Tu cabello cae en rizos

Brillantes como una flama

Sobre tu escote profundo

Tu cuello blanco me llama.


Te abrazo por la cintura

Con mi voz yo te hipnotizo

Mi boca pego a tu cuello

Y la vida yo te quito.


Angelito

Escrito por Mendiel 29-01-2015 en terror. Comentarios (0)

Duermete bebito mío

duermete en tu dulce nido,

tus ojitos pequeñitos

los ángeles cerraran

y tu cabello ondulado

mis manos acariciaran.

Pareces un querubín

asi dormidito lindo

Y para que te acompañen

pondré tu osito y sonaja

en tu pequeña mortaja.