Mendiel

pacto

El Libro

Escrito por Mendiel 07-05-2015 en diablo. Comentarios (1)

Ascendí a la tierra fría al escuchar aquel llamado suplicante. En su voz se sentía la agonía de la desesperanza, la angustia de la última salvación, la plegaria final antes de la total oscuridad.

Las paredes de piedra del templo lo sumían más en las tinieblas. A lo lejos las voces del canto de los monjes rebotaban en los estrechos pasillos que conducían a la celda más oscura,  lejana y olvidada del monasterio. Sólo reservada para aquel culpable del crimen más execrable y asqueroso que existiera. Ese era mi destino, aquel desdichado era ya un muerto en vida ¿que más podía ofrecerme que su propia alma a cambio de su insignificante vida? El averno estaba lleno de basura humana como él.

Tomé la antorcha que colgaba fuera de la puerta de su prisión y me presente frente al condenado monje.

- "Rey de las tinieblas"- bramó echándose a mis pies con la mirada en el piso- " Salvadme de mi infausto destino, arrancadme de mi lóbrego castigo, emparedadme quieren esos impíos sino cumplo con lo que les prometí para salvar mi vida. A cambio le daré mi alma ya que otro bien no poseo, seré su fiel esclavo al llegar a su reino cuando me toque la hora aciaga"- lloriqueo el desdichado.

Me dijo lo que deseaba el infeliz, fue fácil complacerlo. Todo el conocimiento del mundo estaba en ese libro, ninguna falla podía ser encontrada, el manuscrito era de un arte insuperable y las letras brillaban por la tinta usada en ellas. Como última condición a la creación de aquella obra, estampé mi magna figura en una de las páginas de ésta para recordarles quien era el autor y se la entregué.

Desaparecí de su vista pero no del lugar. Me quedé mirando el desenlace de la historia del monje negro. Llegaron los otros monjes quedándose estupefactos ante la obra maestra frente a sus ojos, sentí orgullo de autor y seguí observando. Afuera se escuchaban gritos de alguna bruja siendo quemada, el olor a carne chamuscada llegaba a mi, llenándome los sentidos. 

Los monjes llevaron el gran libro al abad del monasterio, el monje negro respiró aliviado al ver su vida salvada pero ¡ay del que en el destino traicionero confía! Lo agarraron entre varios, empujándolo al hueco de una de las viejas paredes del claustro, lo amarrararon y no se conmovieron de sus súplicas mientras levantaban una pared que lo cubría.¡ Ah malditos monjes! Sentí tanta satisfacción al sentir que tendría aun muchas almas para llenar el infierno.

Leguleyo

Escrito por Mendiel 23-04-2015 en diablo. Comentarios (0)

Don Anastasio Mendiola era por épocas de la colonia española un leguleyo reconocido en Lima, así, versaba de mucho conocimiento sobre temas legales, más era su viveza criolla su mayor talento.

Don Anastasio no había sido favorecido al repartirse la belleza, pues era él bajo de estatura, entrado en carnes y más feo que maldición.

A pesar de ello, estaba enamorado locamente de Aurorita Villegas, una hermosa limeñita de veinte abriles, linda como la primavera, a la cual le triplicaba la edad.

Confiado en su conocido renombre, se atrevió a confesarle su amor a la mocita, la cual lo despreció riéndose cruelmente. El pobre sexagenario regresó a su hogar más encolerizado que abatido, jurando un día, hacerla su esposa.

Cuál no sería la sorpresa de la sociedad limeña al ver, a la semana siguiente, al viejo verde caminando orgulloso del brazo de Aurorita, su flamante esposa. La niña se derretía en cariños y alabanzas hacia su decrépito cónyuge. Lo atendía con todo el amor de la más devota esposa.

Todos, en Lima, indagaban a este disparejo matrimonio sin encontrar alguna situación extraña en la pareja.

Mas al cumplirse el año de esta unión, Aurorita salió corriendo horrorizada y deshecha en llanto de la casa matrimonial para ya no regresar.

Su primo, Antonio Villegas, intrigado por este echo, llegó a la casa de los esposos, ya muy entrada la noche, para encarar al tinterillo, pero al llegar, vio que éste salía presuroso. Lo siguió hasta un terreno baldío alejado de la ciudad y se escondió entre las sombras de los arbustos.

A los cinco minutos, la tierra, delante del viejo Anastasio, se abrió, saliendo de ella un brillo resplandeciente y lenguas de fuego. Del hueco ardiente, emergió el mismísimo Lucifer que acercándose al tinterillo, le habló:

- "Que puntual sois Don Anastasio, ¿ya tan pronto quereis entregar tu alma?"dijo el diablo mirándolo burlón.

- "Un contrato, es un contrato vuesa merced cornuda, vengo a pagaros mi deuda entregando mi pobre almilla por este año inolvidable que me dio a cambio de ella" dijo el leguleyo comenzando a desvestirse.

- "No se desvistáis viejo que bien puedo llevármelo así vestido al averno" pensó el diablo regocijado en que el hombre despreciara tanto su alma, que la llamara almilla.

-"No es posible pagarle sino me desvisto" insistió el don, terminando de sacarse la última prenda, una camiseta vieja y surcida la cual entregó al demonio que lo miraba sorprendido.

-"¿Qué le pasa vejete? ¿está loco? ¿qué haré yo con este harapo?" replicó acercándose para llevárselo.

- "Disculpe su diableza, pero con esto queda saldada mi deuda con usted. Si lee el contrato que fue revisado por ambos y firmado con sangre, dice claramente que yo le entregaré mi almilla en un plazo de un año por los favores recibidos"

Hizo aparecer el contrato de entre sus dedos el molesto demonio y efectivamente decía que le entregaría su almilla a cambio. Se sabe que Lucifer a pesar de ser el ser más corrupto que existe, respeta y cumple con los contratos por almas, pues si no fuera así, nadie más se la ofrecería a cambio de favores.

Satanás tomó la vieja prenda a regañadientes y regresó por donde vino llenando de insultos y maldiciones al tinterillo que se vistió y regresó triunfante a su casa.

Detrás de los arbustos, Antonio, sonrió recordando que almilla se le llamaba a la camiseta interior que se llevaba debajo de las prendas diarias.

Regresó a la ciudad habiendo resuelto el misterio del matrimonio de Aurorita y sabiendo porque desde ese día los abogados no entran al infierno.